BREVE HISTORIA DE PIURA -  TOMO I

TIEMPOS PRE-HISPÁNICOS

Reynaldo Moya Espinosa

Carátula

Contenido

Del autor

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Galería de fotos

Bibliografía

Biografía de R. Moya E.

Página web

 

CAPITULO VI

LOS TALLANES. SU EVOLUCIÓN. ORGANIZACIÓN. REALIZACIONES.

 

01.- Los yungas.

Evolución del pueblo tallán.

02.- El territorio tallán: procedencia

¿Fue Mec Nom el fundador de los tallanes?

03.- La nación tallán o tallanca.

04.- La influencia ecuatoriana.

05.- Origen de la voz tallán.

06.- La organización del pueblo tallán.

Las capullanas.

Los curacas

07.- Las ciudades.

Tumbes.

La ciudad fantástica de Pedro de Candia.

08.- Las viviendas.

09.- Fortalezas.

La fortaleza de Narihualá.

10.- Los templos.

Las huacas.

La mansión de las vírgenes del Sol.

11.- Los tambos.

12.- Los caminos.

13.- La agricultura.

El algodón.

Los restos de canales tallanes en el Chira.

 

La ciudad fantástica de Pedro de Candia. 

El padre Anello de Oliva, es uno de los que informaba sobre la fantástica descripción que el conquistador Pedro de Candia hizo de Tumbes. El famoso artillero griego, de acuerdo a esa narración, fue llevado al desembarcar,  por los principales hombres del pueblo al templo del sol que los Incas habían mandado a edificar, el cual estaba íntegramente cubierto en sus paredes interiores por planchas de oro. Pudo ver vajilla, ollas y cántaros de oro y plata. Los cántaros estaban primorosamente ornamentados y eran de gran tamaño. Fue del trabajo delicado de una gran cantidad de plateros tallanes. Luego pasó a los palacios reales de los incas, recorriendo sus cámaras y recámaras, todas tapizadas con oro y piedra preciosas. Contempló la riquísima vajilla de estos palacios. Admiró los primorosos jardines y uno de ellos en que las hojas eran de oro y los frutos de plata y piedras preciosas y por último estuvo en el monasterio de las mamaconas o vírgenes sagradas, dedicadas a tejer ropa fina para el servicio del templo.      

Pedro de Candia en Tumbes

No hay duda que cuando desembarcó Candia, estaba Tumbes en su apogeo, que bien pronto iba a perder. 

Cuando Pizarro ancló por primera vez en Tumbes, fue muy bien recibido y el curaca le envió una gran cantidad de frutas, de agua y chicha así como una llama, animal que por lo desconocido causó entre los españoles gran asombro. El jefe de la delegación era sin duda un noble por cuando tenía una especie de aretes descomunales que le agrandaban las orejas por cuyo motivo los conquistadores los bautizaron con el mote de orejón, y así llamaron en lo sucesivo a los hombres de grandes orejas. El conquistador no llegó a desembarcar. 

Pizarro mandó en plan de espionaje al marinero Bocanegra a Tumbes con el orejón y su cortejo. Retornó poco después el marino impresionado de la riqueza, fastuosidad y prosperidad de Tumbes, pero todos los acusaron de exagerado y nadie le creyó.    

Pizarro buscó entonces a un marino al cual se le pudiera creer más, y ese fue Alonso de Molina, el que con regalos para el curaca, consistentes en una pareja de cerdos, un gallo y una gallina, desembarcó en compañía de un negro esclavo

De esa forma, por primera vez en el Perú, ponía la planta en territorio nacional un hombre de raza negra. Fue ese un acto de gran simbolismo. El hombre blanco dominador y conquistador y el negro esclavo y sojuzgado, iban a ser los elementos claves del proceso de transculturación y de mestizaje que se iba a iniciar.   

Todo fue novedad para los indios, especialmente la visión del negro al cual suponía que su color era falta de aseo, por cuyo motivo trataron de bañarlo. La actitud altanera del gallo al cantar, les causó mucha gracia. Molina al volver, hizo un relato más elogioso de Tumbes, por cuyo motivo Pizarro decidió enviar al artillero griego Pedro de Candia.   

La forma como se vistió, Candia que era de gran estatura fue como para impresionar a cualquiera. Con cota de malla completa, yelmo emplumado, rodilleras, arcabuz y rodela, debió parecer un dios a los tumbesinos.   

El hombre de hierro se presentó con interprete ante el curaca. Este nunca había visto el hierro, y le causaba asombro la forma como los rayos solares se reflejaban en ese vestido de metal, pero no dejó de traslucir temor. El curaca sabía que los españoles eran dominadores del trueno y del rayo y comprendió que ese tubo (el arcabuz) tenía la propiedad de lanzar rayos, por lo cual pidió lo hiciera. Los indios fueron presa de temor ante el disparo. El ruido, el olor de pólvora, el ver el tablón roto por el disparo y la tez blanca y barba rojiza de Candia los impresionaron, lo creyeron un semi-dios y le dieron tal tratamiento. El curaca empero sabía que era un hombre. Hizo traer un jaguar y un puma y los dejó libres ante Candia. Este por un momento sintió temor, pero dominándose volvió a disparar su arma haciendo huir a los dos fieras. Eso convenció a los indios de la divinidad de Candia. Desde entonces le llamaron el hijo del trueno.  

Dos días estuvo Candia visitando Tumbes y recorriéndolo. En un trozo de tela fue haciendo un plano de la gran ciudad.   

Al retornar Candia al barco hizo un fantástico relato, lo que llenó de gran alegría a los españoles. No había duda de que estaban ante un gran imperio como lo decía los indios de Panamá. 

Sin embargo, cuando Pizarro retornó en su segundo viaje, ya Tumbes no era ni remotamente la ciudad descrita por Candia. Semi despoblada, y en gran parte destruida e incendiada por los indios de la isla Puná, parecía más que todo una ciudad fantasma.   

Los españoles, a los cuales tanto habían impresionado en su primer viaje, terminaron por acelerar su decadencia. En lo sucesivo iba a ser Paita la puerta del nuevo estado creado por los españoles. Ya cuando el padre Lizárraga la visitó decía que los habitantes eran fornidos y bélicos y que habían disminuido en grande por el excesivo consumo de chicha. El padre Cobo por su parte, la consideraba como cabeza de provincia y lugar de mucho lustre, pero Vásquez de Espinosa, veinte años después de la llegada de Pizarro lo describió como un pueblo pequeño a cargo de frailes mercenarios, con edificios ruinosos del tiempo del imperio.